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Se acabó la Fiesta-1
Podía haberse llamado “la construcción de la arrogancia” o “la torre del orgullo” emulando un título de B.W. Tuchman. A uno se le aparece además, medio en el sueño medio en la pesadilla, “La torre de Babel” a medio hacer, ruinosa ya, antes de ser terminada. En la prodigiosa y terrible pintura de Brueghel el Viejo puede estar la metáfora de este presente. Pero el documental de La 2, no por cierto, ágil y claro, es algo débil, previsible, un poco soso. La burbuja, la crisis, sus causas, los delirios de ciertos arquitectos del “star-system”, la megalomanía de algunos políticos, la posibilidad de gastar dinero público con poca sensatez, la inocencia de pensar que una gran obra “de marca” convertiría una ciudad de provincias en el faro del mundo… Suena todo a agua pasada, de la que mueve poco el molino, y minuto a minuto, a pesar de la certeza de los entrevistados, de su aguda crítica, de su enumeración de orígenes y causas, de la agilidad del guión, el espectador piensa: “están muy bien, pero eso se dice antes”… y ese “antes” (también para el espectador) es un recuerdo difuminado, porque tampoco él sabría decir cuando debería haberse frenado todo esto, porque también él sintió (por contagio) la embriaguez alegre de nuestra achampanada burbuja inmobiliaria, esa necesidad de modernizar España con construcciones brillantes y notorias, ese deseo de tener en su ciudad o su pueblo un Guggenheim posible. Identificar culpables, ya fueran políticos manirrotos, autoridades gastonas, o arquitectos egomaniacos es demasiado fácil. Lo difícil fue haber escuchado hace diez años quienes, (que los hubo), advirtieron que el emperador estaba desnudo, que ese tipo de crecimiento peri-urbano era ridículo y monstruoso, que nos estábamos cargando nuestro litoral, que los grandes museos, bibliotecas, cajas mágicas, palacios de congresos y ciudades de las “ciencias infusas” eran demasiado caras de hacer, de mantener y de llenar de contenido. Que todo esto era, como se dice ahora: “in-sos-te-ni-ble”.
Quizá el espectador piense: “bueno, mejor tarde que nunca”… mejor no dar por sabido lo que los entrevistados dicen, no sea que a alguien se le ocurra la idea que para salir de la crisis hay que alicatar la costa que aún nos queda, encementar y enfarolar de nuevo las calles, hacer museos de cera con fachadas de titanio y aeropuertos en Villarriba. Mejor pregonar el desastre a los cuatro vientos que aquí suele haber mucha amnesia con estas cosas, sobre todo cuando hablamos de despilfarro público…pero el documental, siendo cierto, ameno, hasta divertido, se nos queda corto. A uno le gustaría haber escuchado “a la parte contratante de la primera parte”, haber dado voz a algunos de los responsables de ciertos engendros arquitectónicos, haber oído qué tenía que decir fulano-alcalde o mengano-arquitecto, o al pueblo soberano que, entusiasmado, aplaudía todos esos brillos y fastos. Qué pensaban entonces todos ellos y qué piensan ahora que ven todas esas torres de Babel a las que cuesta un ojo de la cara limpiar los cristales, pero que tienen la misma pinta de monumento arrogante e inútil que la torre de Brueghel. Seguro que detrás de todo esto, de tantas arquitecturas fatuas había muy buenas intenciones, seguro que nadie pensaba en las consecuencia a futuro, seguro que si no lo hubieran hecho les habrían acusado de ser unos roñosos y unos tristes políticos, unos grises y unos aburridos arquitectos, unos responsables sensatos y comedidos, pero ajenos a la necesidad acuciante de barnizarse de modernidad y progreso que tenían los españoles. Hoy, pasmados, mareados de tanta belleza, empachados de tanta brillantez y con el bolsillo sin blanca, se preguntan quién fue el culpable y dónde esta el chivo expiatorio al que inmolar.
Por otra parte, uno echa de menos el contraste, el ingenio, la brillantez, la sensatez de los buenos arquitectos españoles, que salen o son citados en el documental de puntillas, de aquellos que hicieron buena arquitectura cuando hacer publicidad del oficio estaba hasta prohibido. Escuchamos y suscribimos más o menos lo que apunta, con la sonrisa de “se nos emplea”, Felix de Azúa, la tranquilidad de Sir Richard Rogers, la inteligente acidez de Blanca Lleó, la lucidez inocente de Emilio Tuñón y Luis Mansilla, así como los directores de la Revista El Croquis y el periodista Llazer Moix.
Se acabó la fiesta, si, y ahora es necesario el “más con menos”, reutilizar, recomponer, reciclar, ¿emigrar a un paraíso de los arquitectos llamada Península Arábiga?. El documental se cierra con diversas preguntas, el espectador se ha acabado haciendo cómplice, casi colega, de los entrevistados y del guionista, pero esas preguntas se nos quedan bailando en la memoria: ¿Siguen participando los arquitectos en la construcción de la ciudad?, ¿Quién piensa la arquitectura hoy?, ¿Con qué criterios o coherencia se debe construir?, ¿Porqué los arquitectos nunca opinan en público de las obras de los otros?, ¿Ha aprendido el ciudadano algo de arquitectura estos años?…
Tal vez hayamos sido demasiado duros con el programa, pero no ha sido esta nuestra intención, más bien lo contrario: queremos estimular y propiciar su visionado. El realizador y guionista Daniel Villasante nos ha ofrecido un documental propicio para espolear la polémica, para no olvidar, para discutir y hablar de arquitectura. Aplaudimos a TVE y en particular a La 2, su existencia, su calidad para “la inmensa minoría”. Por desgracia las televisiones tienen pocos programas como este y si habla poco, en serio, de arquitectura, se prefiere la brillantina y la víscera a la sensatez y la cultura, porque, según parece, en las televisiones aún no se ha acabado la fiesta.
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